Nunca pensé que acabaría siendo esteticista.
Dejé de estudiar joven y pasé por trabajos que no me llenaban, incluso en una peluquería donde entendí que aquello no era lo mío.
Me mudé a Canarias y seguía sin encontrar mi camino, hasta que casi por casualidad entré en una formación de azafata de vuelo. De 96 personas, solo 10 entramos y yo fui una de ellas, aprobando cuando nadie confiaba en mí.
Allí descubrí el maquillaje y, poco después, entendí que la estética era mucho más que eso: técnica, resultados y negocio. Abrí mi propio centro lejos de mi tierra y sin contactos.





